Está siendo uno de
los inviernos más fríos de los últimos años, al menos en la memoria de doña
Virtudes, aunque ciertamente ya todos le parecen fríos. Cuenta doña Virtudes
ochenta y nueve espléndidos años, y se siente rebosante de salud, gracias a la
benevolencia de la Virgen de Candelaria, de la que es muy devota, y a la sana
alimentación que siempre ha seguido con determinación espartana. Es chicharrera
de nacimiento, y nació en la misma casa de la calle de San Francisco que ahora
habita en soledad desde la muerte de sus padres. Ejerció durante cuarenta y dos
años como maestra de escuela, que así le gusta llamar a tan digna profesión.
Asegura haber sido muy feliz a lo largo de aquellos cuarenta y dos cursos en
los que impartió las asignaturas pertinentes a niños de entre cinco y diez
años; sus angelitos, como a ella gusta recordarles. Nunca se casó doña
Virtudes, porque nunca llegó a enamorarse de ninguno de la media docenita de
pretendientes que se habían acercado a ella mientras fue moza. Más tarde, ya
menos moza, hubo un hombre que le confesó su amor, y del que sí se enamoró a su
vez, y bien que se enamoró. Pero Miguel, que así se llamaba él, maestro como ella
en su mismo colegio, era hombre casado, y aquella era una circunstancia
insalvable. El caso es que a doña Virtudes sus ochenta y nueve años de
existencia se le habían pasado muy deprisa.
Y si antes dije que
doña Virtudes vive en soledad, no fui del todo preciso, porque con ella, desde
hace dieciocho, años vive Lulú. ¿Y quién es Lulú? Lulú es la alegría de doña
Virtudes; su confidente más discreto; y la excusa ineludible para salir a
pasear cada día, llueva, truene o se parta el cielo en dos y caigan chuzos de
punta, que para no mojarse se han inventado los paraguas. La madre de Lulú, una
perrita callejera conocida por todos los vecinos, había muerto cuando sus cinco
crías apenas tenían quince días. Unos chiquillos del barrio se ocuparon de
encontrar hogar para los cachorros. Doña Virtudes abrió la puerta y se encontró
al niño con aquella minúscula criatura en sus manos, envuelta en un trapo,
llorando como un bebé humano. Fue amor a primera vista. Todo el instinto
maternal sin estrenar que atesoraba la mujer, ya jubilada, sin familia y sin
otra ocupación que las labores del hogar y la lectura, a la que era muy
aficionada, afloraron de súbito en ella. «Es perrita, la única hembra de la
camada. Mire, mire, doña Virtudes, ve como es perrita», le dijo el chiquillo,
mostrándole la panza del animalito, y señalando el lugar donde se suponía se
identificaba el sexo del cachorro. Doña Virtudes no se lo pensó dos veces y se
quedó con la perrita, a quien llamó Lulú porque así se llamaba la caniche de
mentirijilla de Herta Frankel, una marionetista televisiva muy popular en los
años sesenta, que a ella le había hecho pasar muy buenos ratos de distracción. Los
cuidados veterinarios y, sobre todo, la abnegada dedicación de la mujer sacaron
adelante a Lulú, el único cachorro que lo consiguió. Dieciocho años juntas,
toda una vida. Lulú es chiquita, de corto pelaje pardo, como un barrilito con
patas, de alzadas orejitas puntiagudas, hociquillo afilado y ojos saltones, y
lista como el hambre. Aunque
precisamente hambre nunca ha padecido Lulú; por el contrario, todo lo cuidadosa
que doña Virtudes ha sido con sus comidas a lo largo de su vida, ha dejado de
serlo con Lulú, y así está la perrita, como una albóndiga gigante con ojos de
sapo. «Doña Virtudes, Lulú es tan anciana como usted, si no más, y no puede
comer tanto, terminará muriendo de un infarto por el exceso de peso», le ha
dicho decenas de veces el veterinario, que la trata desde siempre. «Si es que
no hay manera de que se coma ese pienso de dieta que le mandó usted, don Pedro.
Y no me extraña, ¿cómo se va a comer mi Lulú esa comida para ganado?», se
excusa doña Virtudes con el veterinario, que cierra los ojos y suspira,
resignado. «Y además, don Pedro, si ya no se ha muerto por gorda, ya no se
muere. ¿Y sabe lo que le digo, don Pedro?... que ahora que lo pienso, prefiero
que se me muera ella antes que yo, mal que me pese, y más que voy a llorar
cuando llegue ese momento, porque ¿qué va a ser de la pobrecita si yo le falto?
Ay, que angustia me ha entrado de pronto», le dijo al veterinario la última
visita de chequeo rutinario.
Lulú duerme a los
pies de la cama de su ama, sobre una confortable acolchada cesta de mimbre. Ambas
duermen alternando sus ronquidos; hay noches que parecen competir, a ver quién
lo emite más largo o más sonoro, y como ambas están un poco sordas, una vez
cogido el sueño, ninguna molesta a la otra. Esta mañana de domingo, doña
Virtudes se ha despertado en cuanto que un rayito de luz se ha colado por el
resquicio de los postigos de la ventana; ella no necesita despertador. Sólo los
domingos deja sola un ratito a Lulú. Lo que tarda en ir a la capilla de la
Orden Tercera de la Parroquia de San Francisco, que le queda a tiro de piedra
de su casa, escucha misa y regresa a casa. A la vuelta, Lulú la recibe como si
llevase años fuera: el rabillo como una batidora, los agudos ladridos roncos,
los saltones ojos atravesando el corazón de la anciana, que siempre siente la
misma emoción ante tal algarabía perruna. Sin perder tiempo, quizá porque sabe
que ya poco les queda para estar juntas, doña Virtudes le pone a Lulú su
abriguito de lana, luego el arnés, y ya sujeta con la correa salen a la calle.
Las dos viejitas, pasito a pasito, se dirigen calle abajo hacia la plaza de
España. Siempre es más pesada la vuelta, cuesta arriba. Como todos los domingos, doña Virtudes
desayuna en la terraza de la cafetería más antigua y elegante de la plaza más
emblemática de Santa Cruz, a la sombra de los toldos, frente a la Cruz de los
Caídos. Pero hoy no hace sol, está a punto de llover, por eso ha hecho bien en
coger el paraguas y en abrigarse. A las diez de la mañana puede elegir la mesa
que más le gusta. El camarero rechoncho, serio pero amable, la saluda con un «Buenos
días, doña Virtudes», ella le responde igualmente, y Lulú mira al camarero con
desdén, como reprochándole que a ella no la salude también. «Café con leche en
taza grande y dos tostadas con mermelada de melocotón y mantequilla y un vasito
de agua del tiempo sin gas», no pregunta el camarero, afirma, más por
formalismo que por otra cosa, porque eso mismo ha desayunado la buena de doña
Virtudes los últimos seiscientos domingos.
El camarero
rechoncho, serio pero amable, a los diez minutos, le trae el café con leche en
taza grande y las tostadas con mermelada de melocotón y mantequilla, y como
siempre, en un segundo viaje, el vasito de agua del tiempo sin gas. Una vez
untada la mantequilla y la mermelada en las tostadas, doña Virtudes, mordisco a
mordisco, y sorbito a sorbito, va dando cuenta del desayuno, a la vez que, a
trocitos mojados en café con leche, para ablandar la tostada, alimenta a su
perrita, casi desdentada.
—Mira como llueve,
Lulú —le dice la viejita a su perra, alzando la vista, preguntándose si aquel
toldo que las cubre será del todo impermeable.
Lulú la mira con sus
ojos saltones, de pronto le ha dado un tembleque. «¿Tienes frío, Lulú? »,
pregunta ella, y Lulú le responde con la mirada, inequívocamente; sobrarían las
palabras si la perrita pudiera pronunciarlas. Y como Lulú hace tiempo que no
puede saltar, doña Virtudes, con cierta dificultad, se agacha, la coge y la
pone en su regazo, abrigándola con sus brazos, acariciando su cabeza menuda. En
ese momento, la suave lluvia se troca en un aguacero y al poco en un chaparrón
descomunal. Algunos clientes que toman café en la terraza prefieren mudarse al
interior de la cafetería; la gente corre por la calle, buscando refugio para no
acabar empapados. El cielo se ha cubierto de nubes grises, las que se acercan
son casi negras. «Sigues temblando Lulú», le dice doña Virtudes a su perrita,
que la vuelve a mirar con sus ojitos saltones.
—¿Qué hacemos, Lulú,
nos vamos a casa en cuanto pare de llover? Esta lluvia puede ser pasajera… aunque por allá llegan más nubes muy feas —observó
la anciana, mirando hacia el cielo lejano—. Mira, Lulú, ya no llueve. Igual ya
no llueve más en todo el día o sí, ¿quién acierta con el tiempo?
Doña Virtudes pide la
cuenta y solicita al camarero rechoncho, serio pero amable, que le alcance el
periódico que uno de los clientes que ha entrado a la cafetería se ha dejado en
la mesa. Con la perrita aún en su regazo, la anciana lee los titulares de la
portada. Nada que le llame especialmente la atención. Lulú se muestra inquieta,
y a punto está de caerse al suelo. La anciana la regaña. La perrita la mira de
soslayo, como disimulando, con las orejitas hacia atrás, acurrucándose sobre
las delgadas piernas de su ama, temblando aún más.
—¿Estás malita, Lulú?
¿Por qué tiemblas tanto, mi niña? Estás empezando a preocuparme… —Lulú la mira
con ojos de cordero degollado—. Bueno, bueno, ya nos vamos a casa —dice al fin
doña Virtudes.
Al oír Lulú lo que
ella ha entendido perfectamente como que regresaban a casa, menea el rabillo y alza
las orejitas. Doña Virtudes hace señas al camarero rechoncho, pidiéndole la
cuenta. Lulú, sorprendentemente, salta de sus piernas al suelo, a pesar de su
ya escasa agilidad. Menea más a prisa el rabo y ladra aguda y ronca, con voz de
perrita vieja. Doña Virtudes se pregunta qué le pasará a Lulú, no es ese un
comportamiento normal en ella, y echa un último vistazo a la portada del
periódico. Se oye en ese instante un trueno lejano, Lulú vuelve a ladrar. La anciana
se fija en la fecha del periódico: 31 de marzo de 2002. (*)
(*) Este día murieron
6 personas en Santa Cruz como consecuencia de la lluvia más intensa jamás
registrada en Canarias, que provocó una terrible riada.
Ilustración de Eduardo González.

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