Jamás olvidaré
aquella tarde. Llovía a cantaros y hacía un frío del demonio. Creo recordar que
fue durante tres vidas antes a la que ahora disfruto o padezco, según el día y
la inspiración con que despierte. Sí, tres vidas más atrás. O quizás cuatro,
ahora que pienso. En fin, da igual. Lo cierto es que acabábamos de expulsar a
los gabachos de España, hacía apenas un año, no llegaba, puesto que la guerra
concluyó en abril de 1814 y recuerdo que corría enero de 1815. Mala guerra
aquella, cruenta y sanguinaria, que si todas lo son, la de nuestra
independencia lo fue más. Y guardo en la memoria aquella tarde porque por entonces
concluí mi cuarta novela, una más de otras tantas que nunca llegué a publicar.
Volviendo a lo que
iba, mi estimado amigo, salí de la pensión de mala muerte donde me alojaba, en
la calle Preciados, harto de esnifar la inicua humedad flotante entre aquellas cuatro
paredes. Refugiado bajo mi sombrero de ala ancha y el capote encerado, con mi
vieja cartera de cuero —donde guardaba papel, pluma y tintero—, bajo el brazo,
atravesé la Puerta del Sol camino de la Plaza Mayor. Ya en la plaza del que hoy
llamamos el Madrid de los Austrias, al pasar frente al Mesón Don Quijote, al
resguardo del soportal, observé a dos
hombres discutir muy alterados, justo saliendo de aquella espléndida casa de
comidas, que antaño pude permitirme visitar al menos una vez por semana. Uno
defendía el reciente restablecimiento en el trono de Fernando VII —despreciable
felón, mantengo—, que había regresado a España luego de su exilio durante la
guerra, apenas ésta concluyó. El otro, por el contrario, echaba pestes del
decreto promulgado por el Rey, por el cual se derogaba la magna obra
constitucional de las heroicas Cortes de Cádiz, aquella Pepa de la que tantos
nos enamoramos. Tan seria se puso la discusión y tan entretenida, que decidí
esperar a ver qué derroteros tomaba, yo de parte, como no, del defensor de doña
Pepa. Más entretenido estuve cuando, con el mesonero y otros cinco o seis
paisanos, una joven moza de taberna se asomaba al exterior para contemplar desde
el burladero la trifulca, mostrando un generoso hermoso escote. Para mi
desdicha, poco disfrutaron mis ojos de la visión de ensueño, puesto que al
sentir en sus dulces carnes la joven mesonera el gélido aire invernal, presto
las cubrió con el largo delantal, a modo de improvisada toquilla. El caso es
que la discusión llegó a reyerta cuando uno propinó al otro un bofetón, y éste
se defendió a guantazos. Entonces el primero echó mano de una faca que ocultaba
en el fajín. No fue menos el segundo, que blandió su navaja de palmo y medio de
bruñido acero, de las que tantas tripas gabachas y mamelucas rajaron el Dos de
Mayo. Por cierto, gloriosa fecha que viví con ardor y regocijo. Uno frente al
otro, los ojos como agujas incendiadas se ofendían a un paso de distancia.
“¡Viva Fernando VII!”, gritó uno. “¡Viva la Pepa!”, bramó el otro. Y echando
espumarajos por la boca cruzaron los aceros, como quien afila cuchillos en el
aire. Hasta que uno largó una estocada al otro, y éste un tajo al primero. En
ese instante, saltaron el mesonero y los paisanos parando aquel encuentro que
de las voces llegó a la sangre. Por fortuna, dados los gruesos ropajes con los que ambos se
abrigaban, no fue de consideración ninguna de las heridas. Por un lado se
llevaron al del tajo en el brazo y por el otro al de la estocada en el hombro.
Ambos, en su fuero interno, festejando haber sido separados.
Seguí mi camino
bordeando por los soportales la plaza, para evitar el aguacero que seguía
cayendo, hasta el figón de la esquina de la entrada de San Jacinto, que
regentaba una viejita encantadora; una galleguiña que en plena contienda había
enviudado. Sin un comensal me encontré el reducido local al entrar en él. Un
mostrador a la derecha, los fogones al fondo y a la izquierda dos mesas con
cuatro taburetes en torno a cada una, ya con velas y candiles de aceite
encendidos.
—Vaya tarde de
perros, viejita —recuerdo decirle a modo de saludo.
—Buenas, señor poeta
—me contestó ella, saliendo del mostrador, para asomarse al exterior—.
Imagínese usted, sin estos soportales, con este chaparrón entraba el agua hasta
la cocina.
Me senté a la mesa
más cercana a la puerta, por ver la lluvia, viva naturaleza que me ha gustado
siempre, en aquella vida y en las siguientes, y más en ésta que en ninguna
otra. Miré al encharcado y desierto tendido. El temporal había metido a los
cobardes en sus casas y en las tabernas a los valientes.
—Malo tanto agua para
el negocio, viejita —ella asintió, recuerdo, como si la estuviera viendo ahora,
resignada, pero sonriente. Siempre sonreía—. Dos reales tengo, viejita, para un
par de huevos con chorizo y pan para mojar y hartarme de tan buenos que los
hace, viejita —ella volvió a sonreír, siempre agradecida de la mínima lisonja a
su cocina.
—Hoy le haré algo
nuevo, porque no tengo pan, y huevos con chorizo sin pan, ya me dirá usted
—recuerdo que me dijo.
Alcé la vista y de
los charcos de la plaza oscurecida mis ojos se fueron al fuego que hacía
crepitar los leños. Frente al fogón estuvo un buen rato la viejita, haciendo
hervir el aceite, luego de poner sobre la mesa una cuartita de tinto de la
Mancha, del que di buena cuenta terminando el segundo cuarteto del soneto que
rondaba en mi cartera, hacía varias semanas, en busca de alguna piadosa musa.
—Verá usted cómo le
va a gustar este platito nuevo que ya se hace por mi tierra—me dijo ella,
posándolo en la mesa.
Observé con
curiosidad aquel invento gastronómico: una especie de torta a base de huevo y
algo más que cubría toda la superficie del plato. Acerqué la nariz al invento y
olisqueé cual curioso sabueso.
—Oler, huele que
alimenta, viejita —le dije a la ilusionada cocinera—. Huevo ya veo que tiene.
¿Y qué lleva dentro? —le pregunté, con gran interés.
—Papas en taquitos,
esa especie de tubérculo traído de las Américas —me aclaró—, previamente
fritas, revuelto con huevo batido y un poquito de chorizo, que así ya se hace
por mi pueblo, tengo entendido, y le da un gustillo más rico. Yo le pondría
cebolla, pero no me quedan. Todo muy bien revuelto, se vierte en la sartén con
poquito aceite, para que se dore; se le da la vuelta y se dora el otro lado.
Dentro debe quedar jugosito, para mi gusto. Y ya está —concluyó ella, tan
pancha como alegre.
Con más hambre que
estaba que el perro de un ciego, a la vez que expectante, me eché a la boca el
primer bocado.
—¡Madre de Dios,
viejita, qué rico está esto! —exclamé de corazón, y ella sonrió enseñando las
desérticas encías, satisfecha y feliz como unas castañuelas.
—Por mi tierra ya le
llaman tortilla, “tortilla española” —me explicó la viejita, recuerdo bien—. Y
fíjese usted, que a mí me da en la nariz que gustará mucho este platito.
Recuerdo y bien que
recuerdo que auguró la viejita, aquella tarde de hace doscientos años. No pudo
la viejita imaginar cuan acertada estuvo.

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