Roma,
septiembre de 730 desde su fundación (año 23 a. C.)
Se notaba en la atmósfera la inminente llegada del otoño. Era la estación preferida de César Augusto, puesto que aquel clima benigno le permitía disfrutar de los paseos matutinos por el Foro. Esa mañana, de cielo nuboso a ratos, acudiría a una sesión senatorial, esta vez en la Curia de Pompeyo, más amplia que la Hostilia, el habitual recinto senatorial. Se estremecía cada vez que pisaba aquel suelo de frío mármol, allí donde cayó asesinado el gran Cayo Julio César, su padre adoptivo. ¡Veintitrés puñaladas, tan cobardes como traidoras! “¡Imperator César Augusto!”, clamaba la multitud que se agolpaba en torno al hombre más poderos del mundo, para a pocos pasos poder apreciar su rostro. La Guardia Pretoriana mantenía las distancias con la plebe, en sus manos estaba la vida del Emperador. Aunque, ciertamente, no sólo era el pueblo llano quien se echaba a la calle en aquellas ocasiones, también se dejaban ver notables familias patricias clamando su devoción por César Augusto a su paso, con aspavientos y derroche de pétalos de rosas multicolores. Todo mérito era poco. En las escalinatas de la Curia aguardaban los senadores de más edad la llegada del César. “¡Imperator César Augusto!”, clamaba el pueblo con más ímpetu, al ver sobre sus cabezas avanzar por las escalinatas el hombre al que idolatraban. Augusto se volvió y miró a la multitud, cuando de súbito se abrieron las nubes y el sol dio de lleno sobre su figura. Fue entonces cuando la toga que vestía mostró el púrpura más vivo y hermoso que jamás se había contemplado en la ciudad del Tíber. Con un movimiento elegante, Augusto recogió en su brazo derecho el final de la noble prenda, con ribetes de hilos de oro. Adoraba el púrpura el Emperador, y aquel era digno de un dios.
La galera romana cortaba
el agua con brío, favorecida por el viento que hinchaba su única vela. Al
mediodía se avistaron las dos grandes islas, y al poco el islote varado entre
ambas, que formaban parte de un archipiélago aún por explorar, a unas sesenta y
tres milia passuum al noroeste de
África. A dos horas del atardecer fondeó la nave en la costa sur, al abrigo de
una pequeña bahía. Sobre la arena de la playa, entorno a una hoguera en la que
se asaba pescado, aguardaban expectantes una veintena de artesanos, además de
los esclavos que acarreaban ánforas y cestas con moluscos recién extraídos de
las aguas del océano. “El mismísimo Augusto afirma no haber visto nunca un
púrpura más vivo, más extraordinario”, anunciaban, entusiasmados, los recién
llegados, levantando el júbilo entre los hombres que en aquel islote trataban
los pequeños moluscos de los que extraían el mejor tinte púrpura, el color más
apreciado en todo el Imperio.
Siglos después, aquel
archipiélago atlántico sería llamado Canarias, y el islote, Isla de Lobos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario