Amanecía soleado el sábado
30 de mayo de 1744, cuando tres buques de guerra con pabellón francés —aliados
de España, pues— se acercaban a la bahía de la Villa de San Sebastián de La
Gomera. Listo como era don Diego Bueno de Acosta, capitán comandante de la Isla,
desconfió de aquellos pabellones y mandó urgente aviso a los jefes de la
Milicia, para que se presentaran de inmediato en la capital. Esa tarde llegaron
los de Hermigua, y al amanecer del día siguiente, luego de toda una noche de
marcha, los de Alajeró, Valle Gran Rey, Vallehermoso, Chipude y Agulo. Entre
tanto, los artilleros del baluarte del Buen Paso permanecían al pie de sus tres
cañones, y los del Castillo Grande al de
sus nueve bocas de fuego.
Cuánto acierto el de
don Diego, porque al poco de fondear los navíos en la rada, a las 14’00h del 31,
trocaron raudos el pabellón francés por el inglés. ¡Ah, traidores los de la Pérfida Albión!, que, descubierto el
engaño, de inmediato hacían fuego contra el pueblo y los castillos. Rápida
respondió a su vez la artillería española, que hasta el atardecer mantuvo el
combate, cuando ya el terrible fuego enemigo había matado a tres lugareños.
A la mañana
siguiente, un mensajero inglés, portando bandera blanca, entregó una carta del
comandante de la escuadra, un tal capitán Windon. En ella, ufano el más pirata
que marino, ofendía exigiendo la rendición incondicional de la plaza y el
abastecimiento de cantidades ingentes de provisiones. No dudó don Diego su
contestación: “Si guardan vuestras mercedes suficiente valor, vénganse a tierra
a por sus pretensiones, que en la playa les esperamos, que morir por la Patria sabremos,
y más si lo hacemos matando ingleses”. Tan encabritado como confiado, Windon
ordenó echar al mar una docena de lanchas, hasta los topes de marinería e
infantes de marina armados hasta los dientes, dispuestos a tomar el pueblo,
para luego invadir la isla. Desde el castillo principal, los
soldados no cesaban de hacer fuego de fusilería contra las lanchas, y desde la
playa los pocos milicianos que disponían de mosquetes disparaban a las huestes
de desembarco. “¡Fuego contra el invasor, mis gomeros, mis españoles!”, bramaba
el comandante de la Isla Colombina.
Fue entonces, a pocas
paladas de tomar tierra las primeras chalupas, cuando saltaron a la playa los
milicianos, los pescadores, los hombres y mujeres de San Sebastián, enarbolando
sobre sus cabezas rozaderas, machetes, cuchillos y garrotes, enardecidos por
don Diego, al frente de su ejército de campesinos. Y todos a una, bramando con
ardor, echaron mano de callaos y de fuerza y de valor, y contra el invasor
llovió, una tras otra, andanadas de pétreos proyectiles, que hicieron huir a
los ingleses a sus barcos con muchas cabezas rotas, y a la
escuadra entera, con más de una jarcia y mástiles maltrechos, dejar atrás, con
el rabo entre las patas, la isla de La Gomera.


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