Profesora
de latín
Eso
de que seas profesora de latín, he de confesarte, tiene su morbo. Sí, ¿qué
quieres que te diga? Te imagino sentada sobre un sillón confortable, con las
piernas cruzadas, vistiendo una falda oscura muy ceñida, y una blusa abierta
hasta el "canalillo", a modo de escote muy sutil y femenino, al que
asoma una tímida línea del sujetador azabache, que custodia... tu
serena respiración. A medias entre las manos y sobre los muslos, tersos e
impetuosos, descansa un viejo libro. La portada reza: La Eneida. De vez en cuando,
generalmente al pasar la página, con el índice de la diestra, empujas hacia el
entrecejo las gafas de pasta carmesí. Entre tanto, alguien te observa de
soslayo, y suspira... como tantas veces. Tú, abstraída por la lectura de
tan bello texto, mil veces hojeado, ignoras todo aquello que sucede
tan cerca de ti.

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