jueves, 21 de junio de 2018

La foto


Margaret, sujetando la mano de Julia, miraba al señor que pegaba la frente a una caja y se tapaba la cabeza con una tela gruesa. Entonces, papá, que junto a mamá estaba a un lado del señor, le dijo a la niña que les mirase a ellos y no al señor, porque lo que sostenía con la mano en alto aquel hombre iba a dar mucha luz, como el sol que de pronto se asoma entre las nubes, y podía hacerle daño en los ojos.
Aquella tarde, la madre de Margaret había tardado un buen rato en vestir a Julia. Mamá, acompañada del predicador, le había dicho dos días antes que su hermanita pequeña se había ido al cielo. Margaret no lo entendió bien, pero dedujo, a sus inocentes seis añitos, que nunca más vería a su hermana pequeña. En aquel instante recordó el día que mamá volvió a casa con Julia en los brazos, tan chiquita. Ya no tenía mamá aquella barriga tan grande. Desde entonces, ni mamá ni papá parecían los mismos. Tres años habían transcurrido desde aquel día. Tres años que se le hicieron muy largos a Margaret, sin ser consciente la niña del tiempo real transcurrido. A su corta edad no era capaz de medir ese fenómeno imparable, lento o vivaz según nos vaya. Margaret vivía el transcurrir de los días sumando los momentos del despertar, del estar en casa, en la escuela, de nuevo en casa, los juegos, el vestirse, el desvestirse, el comer, los llantos de Julia, el no querer comer, la regañina de mamá, el baño antes de ir dormir, el humo del cigarro de papá, el sueño, los llantos de Julia , el irse a la cama, los llantos de Julia, mamá enfadada, papá triste, los llantos de Julia, el sueño, el silencio, la oscuridad, de pronto los llantos de Julia.

Ahora, aquel hombre volvía a meter la cabeza bajo la tela oscura y levantaba la mano con aquel objeto en lo alto. «No te muevas niña», dijo el hombre. «No te muevas, Margaret», repitió papá. Mamá no dijo nada. Mamá sólo miraba a Julia, que miraba hacia enfrente, pero como si mirase a ninguna parte. Entonces Margaret recordó la noche que mamá lloró tanto y papá no dejó de fumar. Luego vinieron más noches en las que mamá lloraba y papá no dejaba de fumar, en las que Julia también lloraba y lloraba.
«Niña, no te muevas, no te muevas y mira a tus padres…», le dijo el hombre, con la cabeza tapada con la tela y la cara pegada a la caja de madera, cuando de pronto aquello que sostenía en alto explotó y una luz muy fuerte iluminó toda la habitación y el humo que olía fatal subía hasta el techo.
Aquella tarde, después de vestir a Julia, mamá vistió a Margaret, un trajecito igual para las dos, un trajecito que sólo se lo habían puesto otra vez. Margaret no sabía por qué mamá le había dicho que Julia se había ido al cielo, si de pronto estaba  otra vez en casa. Después de vestir a las niñas, mamá las peinó. Margaret se preguntaba por qué Julia estaba tan callada y tan quieta. Se preguntaba por qué no decía nada; por qué miraba siempre al mismo lugar; por qué olía tan raro; y sobre todo se preguntaba por qué estaba tan fría.
Después de peinarlas llegó aquel hombre con esa caja de madera con patas y un trapo colgando. En un sillón sentó papá a Julia. Luego sentó a Margaret en otro. El hombre colocaba a Julia la cabeza que se le iba hacia delante, luego hacía un lado, luego hacia el otro. Resoplaba el hombre, hasta que la cabeza de Julia se quedó quieta, y sus ojos, siempre abiertos, siguieron mirando al frente, como a ningún lado. Como mamá, que miraba siempre a Julia, apenas parpadeando, muy seria, o muy triste, se preguntaba Margaret. El hombre le dijo a Margaret: «Niña, coge la mano de tu hermanita». Pero Margaret no se movió. Papá se acercó y posó la mano diestra de la hermana mayor sobre la zurda de la pequeña. «Sujeta la mano de tu hermana, cariño», dijo de pronto mamá, con una voz que sonó extraña a Margaret.
«¡Qué fría está la mano de Julia!», pensó Margaret, que la sintió tan flácida; tan muerta. Ese olor tan raro…
Fue en ese instante, cuando la mano de Julia cayó sobre el regazo, al dejar de sostenerla la hermana mayor, cuando Margaret recordó la otra noche. Margaret dormía, jugaban en sueños. Julia comenzó a llorar, desde la cama de al lado. Margaret no sabía si soñaba también los llantos de su hermana. Julia lloraba y lloraba. De pronto dejó de hacerlo. La hermana mayor entreabrió los párpados, apenas algo de luz llegaba de la lámpara de aceite del pasillo. No sabía si soñaba aún o realmente era mamá quien sostenía aquella manta doblada  sobre la cara de Julia. No sabía si era mamá en otro sueño, como en tantas otras ocasiones, la que ponía de nuevo la manta doblada a los pies de la cama de Julia. Aquella noche, Margaret no lloró más.
Al rato de irse el hombre de la caja de madera, llegaron muchos vecinos y amigos de papá y mamá. A Julia la dejaron sentadita en el sillón, mirando a ninguna parte. Unas vecinas ayudaron a mamá a poner sobre una mesa muchos platos con comida, una jarra de agua y unas botellas de bebidas diferentes que gustaban mucho a papá. Se llenó el salón de gente que miraba a Julia y movía la cabeza.
La gente seguía en el salón cuando mamá llevó a Margaret a la cama. La arropó, le dio un beso en la frente y se fue de nuevo al salón. El cuarto de las niñas estaba al final del pasillo. Apenas llegaba un sordo murmullo desde el otro lado de la casa. Margaret miraba el débil haz de luz que entraba por el espacio que dejaba la puerta entreabierta. Se le cerraban los ojos. Imaginó que, después de aquella tarde, Julia se iría al fin al cielo. Se le cerraban aún más los párpados. De súbito recordó el otro sueño, aquel en el que no era mamá la que ponía la manta doblada sobre la cara de Julia, que pataleaba y se movía tanto, hasta que dejó de llorar. En el otro sueño era ella misma la que sostenía un almohadón sobre la cara de su hermana pequeña. Era Margaret la que con todas sus fuerzas apretaba el almohadón contra el rostro de Julia, que pataleaba y se agitaba sobre la cama. Y era Margaret la que quitaba de la cara de la hermana pequeña, cuando ésta dejó de moverse, aquel almohadón que siempre dejaba mamá a los pies de aquella cama. Casi sin sentir el murmullo sordo que llegaba del salón, Margaret pensó que mamá nunca dejaba una manta doblada a los pies de la cama de Julia, allí siempre posaba el almohadón que ahora observaba en la tiniebla, entre los párpados ya casi cerrados, esbozando la misma sonrisa de aquella noche, cuando Julia dejó al fin de llorar.  


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