En un callejón oscuro y
maloliente, Juan, sentado sobre unos cartones y apoyando la espalda en la
pared, observa el viejo revólver. Aquel callejón es su hogar desde hace
demasiado tiempo; los cartones son su jergón, la ausencia de farolas hacen su
intimidad. Mientras sopesa el arma
oxidada, recuerda, a su pesar, qué le ha llevado hasta allí.
No le iban nada mal las
cosas cuando conoció a Marta, hacía seis años. Por entonces era un joven
arquitecto que ya había reunido una pequeña fortuna. Un hombre de éxito. No se
había planteado comprometerse con ninguna de las muchas amigas con las que
pasaba tan buenos ratos; ninguna de ellas le atrajo lo suficiente como para
perder su amada libertad. Pero todo cambió de súbito una tarde, en la sección
de vinos del hipermercado donde solía hacer las compras cada semana. Ella
parecía devanarse los sesos tratando de elegir un vino; él la descubrió de sopetón.
Luego la observó con detenimiento. Suspiró. “Madre mía, qué pedazo de mujer”,
recordó pensar en ese instante. No dio oportunidad alguna a la indecisión:
—Hola, ¿puedo ayudarte?
—le dijo, ya junto a ella.
La olió, con disimulo;
escudriñó su rostro de piel morena; sus ojos claros, grandes y rasgados, casi
asiáticos, muy despiertos.
—¿Trabajas aquí?
—inquirió ella, sonriéndole, mirándole de frente.
Él observó las preciosas
manos femeninas que sostenían el Rioja, con delicadeza, con elegancia.
—No, pero sé de vinos y
te veo indecisa —respondió, ofreciéndole a su vez la más encantadora sonrisa,
mil veces ensayada.
Luego todo fue rodado.
Atracción a primera vista. Un café; una cena; un beso y otro más; y la noche
más apasionada que jamás había tenido. Nunca hubiese imaginado que se
enamoraría de semejante manera; que una mujer pudiera gustarle tanto. Amaba y
deseaba a Marta con autentica locura. Pensaba en ella de noche y de día. Se
dormía deseándola y se despertaba añorándola. A los dos meses le suplicó que se
casara con él, y ella aceptó.
Los tres primeros años
fueron un sueño. Juan se centró sólo en proyectos no excesivamente complicados,
aquellos que le permitían estar todo el tiempo posible con su adorada esposa.
Los ingresos eran suficientes para mantener el ritmo de vida que ella se
merecía y él quería ofrecerle. Hasta que los proyectos que antes abundaban, de
pronto dejaron de tocar a la puerta de su estudio. La crisis negada rompía de
pronto y se cebaba sobremanera en el sector de la construcción, y él vivía de
proyectar viviendas. Al cuarto año de casados comenzó el infierno de Juan. La
Marta cariñosa, la esposa amante, conversadora, cálida, se fue tornando en
distante y quejumbrosa. En apenas unos meses, Marta era otra mujer. Juan no
encontraba explicación a semejante cambio de actitud; sólo lo sufría, cada vez
más, armado de paciencia y esperanzado de que no fuese más que una de esas
crisis matrimoniales de las que tanto había oído hablar. Hasta esa terrible
mañana, justo al sonar el despertador.
—Buenos días, amor mío
—saludó él, dando a Marta un beso en la mejilla; hacía meses que ella no le
ofrecía los labios.
Marta se sentó en la
cama con los pies en el suelo, dándole la espalda.
—Cuando vengas esta
tarde, no estaré en casa —dijo ella, secamente.
—¿Llegarás muy tarde?
—preguntó él en un susurro.
—No volveré. No me
verás más. Te dejo, y te ruego que no me hagas un… numerito.
Juan le miró sin decir
nada; siquiera pudo articular palabra.
—He conocido a alguien
y me voy con él; mi abogado se pondrá en contacto contigo —dijo por último,
entrando al cuarto de baño y cerrando la puerta tras de sí.
Juan no encontró ni
fuerzas ni ganas para vivir, cuanto menos para tratar de sacar adelante su
estudio de arquitectura, en tiempos que requerían de esfuerzos sobrehumanos tan
sólo para ganarse los garbanzos. Luego todo pasó muy deprisa. La depresión le
sumía cada día en un estado de ansiedad que no le dejaba respirar, ni dormir,
ni vivir. Las deudas y el divorcio lo dejaron en la calle. Y un día vagó por
ellas; hasta hoy.
Ahora mira de nuevo el
viejo revólver con quien alguien le ha pagado un favor. Sólo tiene una bala. La
introduce en el tambor. Ahora tiene que esperar. Marta, como cada mañana,
atravesará el tramo de acera delante del estrecho callejón, camino del negocio
que le montó su nuevo marido, inmediatamente después de casarse, al mes del
divorcio. Él la observa cada día, sin que ella se haya percatado del hecho.
Juan empuña el revólver con fuerza, con amargura. Lleva días pensando en
acercarse a ella por detrás, llamarla, y, cuando se vuelva, apuntarle a la cara
y disparar. No sufrirá; no quiere hacerle sufrir. También ha pensado otra
alternativa: acercarse a ella, llamarla, y, en cuanto se vuelva, meterse el cañón
en la boca y apretar el disparador. Todo acabará rápido. Él dejará de sufrir y
ella se quedará con un bonito recuerdo. Pero aún no sabe qué hacer; está muy
aturdido. Lo decidirá en el último momento. “Sí, eso haré; ya veré en el último
momento”, dice para sí.
A la entrada del
callejón, agazapado tras un contenedor de basura, aguarda Juan. No está
nervioso, como había pensado. Suenan unos tacones de mujer; son los pasos
inconfundibles de Marta. Es ella, pasa de largo. Juan, que ha montado el
percutor del revólver, lo empuña con decisión y avanza tras de Marta. La
alcanza. Está a un paso de ella. Se siente sorprendentemente sereno.
—Marta —dice Juan con
voz grave. Ella se vuelve y le mira con expresión de sorpresa; apenas le reconoce—.
Estás preciosa…

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