Atardece. Hace tres
horas que Matías partió de Santa Cruz de vuelta al hogar, una humilde choza al
norte de la Vega lagunera, adentrada en el denso bosque de laurisilva, donde la
variopinta vegetación y el aire de los alisios favorecen la atmósfera agradable
en el tórrido verano. Entre bajos helechos y las raíces que escapan de la
tierra húmeda, la humilde construcción de techo de paja y muros de piedra,
adornada de líquenes rojos, amarillos y naranjas, se muestra como parte del
paisaje. Fuera, con el alma en vilo, aguarda su madre, chiquita de talla,
encorvada la espalda, la tez morena y curtida. Ella, que lo ve llegar, no
espera, avanza hacia el hijo con los brazos abiertos, con lágrimas en los ojos,
mostrando una sonrisa que parece más una mueca. Son los nervios, el ansia
contenida. «¡Hijo…!», dice ella, apenas susurrando, con la voz entrecortada. Él
no la oye, pero lee sus labios.
Veinte pasos les
separan, ya menos, son largas las zancadas del labriego del Regimiento de
Milicias de La Laguna. Está deseando abrazar a su madre, y le grita con júbilo:
«¡Hemos vencido, viejita! ¡Hemos ganado la batalla!». Muchas cosas podría
contarle, pero decide no hacerlo. No le contará que a poco han estado de
matarlo. Que la bayoneta del inglés sólo le rozó el brazo, porque su agilidad
de gato evitó el acero que le iba al corazón. Y no le contará que el filo de su
rozadera sesgó la garganta del enemigo que falló la estocada y que con la vida
pagó la osadía. ¡A qué darle el disgusto del sólo pensar que pudo trocar la
vida por la muerte! No hablará de los muertos, ni de la sangre, ni del pestazo
a pólvora incendiada, ni del fragor de los cañones y mosquetes. Y no le hablará
de cómo vio caer, apenas a cuatro pasos delante de él, muerto por el disparo a
quemarropa de un oficial inglés, al valiente teniente coronel de su regimiento
don Juan Bautista de Castro y Ayala. Le hablará, elevando el ánimo de su
viejita, del tañer de las campanas cantando la victoria, del júbilo del pueblo
chicharrero enardecido frente al castillo de San Cristóbal, y del general
Gutiérrez saludando desde las almenas esa mañana de 25 de julio de 1797, día de
Santiago Santo, patrón de España y de las Españas. Le contará que en Santa Cruz
todos dicen que aquella victoria es una gesta, porque se ha vencido a un
poderoso enemigo, a una potente escuadra de la Armada británica, a un codicioso
inglés, al parecer marino muy reconocido en su tierra, que vendió la piel del oso antes de cazarlo. Ya se abrazan madre e hijo, entre risas y
lágrimas, como en tantos otros lugares de la isla, al regreso de los héroes.

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