Quien fue el primer monarca del
Imperio Romano, Cayo Julio César Augusto (conocido también como Octavio Augusto,
nacido como Cayo Octavio Turino), hijo adoptivo y heredero del gran Julio
César, se enfrentó a hombres muy poderosos en su lucha por hacerse con el
legado de su padre, luego de ser éste asesinado los idus de marzo de 44 a C.,
de veintitrés cobardes puñaladas, a manos de nobles traidores conjurados. Su principal
rival fue el impetuoso Marco Antonio. En su búsqueda de aliados para su causa,
el joven Octavio celebró una reunión secreta con el más sabio y hábil orador de
Roma, el abogado y senador Marco Tulio
Cicerón. Ciertamente, también el anciano político tenía por inicuo enemigo a
Marco Antonio, a quien se enfrentó abiertamente en el senado, reprochándole sus
perversas corrupciones, en sus magistrales filípicas.
Al término del secreto encuentro, el viejo senador quiso reflexionar sobre lo
tratado con el joven e inteligentísimo
Octavio.
—¿Has podido escuchar
toda la conversación, Tirón? —preguntó Cicerón a un hombre que salió de una
puerta oculta tras unas cortinas, en la misma estancia donde había mantenido la
conversación con Octavio.
—Con total nitidez,
Tulio.
Tirón era el mejor
amigo de Cicerón. Había nacido esclavo en la casa de la familia del orador
cuando éste contaba tres años de vida. Cicerón se había ocupado de la educación
y formación intelectual de quién había sido su amigo desde la infancia, hasta
llegar a nombrarlo su secretario personal y concederle la libertad. Años de
conversaciones profundas y de confidencias mutuas hicieron que Cicerón
considerase a Tirón su consejero más apreciado y de más confianza.
—¿Y qué te ha
parecido el hijo adoptivo de César? —inquirió el senador siguiendo con la vista
a Tirón, que se sentó justo dónde hacía unos minutos lo había hecho Octavio.
El liberto guardó un
instante de silencio mientras se rascaba la barbilla y miraba fijamente a los
ojos de su amigo y protector. Suspiró y habló en voz baja, como siempre hacía
cuando algo le inquietaba.
—Es listo, muy listo
ese joven… Pero no me inspira confianza, Tulio. Está tan… obcecadamente
decidido a hacerse cargo de la herencia de su padre (que implicaba, además de
una fortuna inmensa, alcanzar la máxima magistratura romana, casi el poder
absoluto), que no reparará en nada para conseguir sus propósitos. Ahora le
puede interesar tenerte como aliado, mañana… quién sabe. Cuando considere que
ya no le eres útil, te abandonará a tu suerte, pero antes dejará que te
comprometas hasta el tuétano con la causa que le favorece. Él tiene consigo a
las legiones de veteranos de César, cubre bien sus espaldas, pero tú ¿a quién
tienes contigo?
—Te aseguro, Tirón,
que sé perfectamente de quién estamos hablando, y estoy de acuerdo con lo que
dices —repuso Cicerón frotándose el rostro con ambas manos y repasándose luego las
pobladas cejas con los dedos.
—Al menos sabes que
andas bordeando arenas movedizas —añadía Tirón inclinándose hacia adelante para
apoyar los codos sobre las rodillas y la barbilla sobre los nudillos de sus
dedos entrelazados—. No obstante, Tulio, ¿de verdad crees necesario, a estas
alturas de tu vida, comprometerte a tal extremo; renunciar a la paz en tu vejez
y poner tu vida en peligro? Porque doy por hecho que eres consciente de que
seguir enfrentándote a Antonio, con aliados como el heredero de César o sin él,
pone tu vida al borde de un precipicio.
—¿Y no está ya la
República romana al borde de un precipicio? —repuso Cicerón cerrando los ojos y
echando la cabeza hacia atrás.
—Tulio, estás
hablando conmigo. ¡Conmigo, Cicerón!... No te hagas el héroe. Sé que tienes
miedo, y tener miedo no es ser un cobarde. Tú ya has hecho mucho por la República.
Realmente, todo lo que tus posibilidades te han permitido. ¿Qué más puede hacer un hombre, que aquello que sus
fuerzas y sus medios le permiten? ¿Qué más puedes hacer tú por Roma, Tulio?
—Dar la vida…
—¡Ah, Tulio! ¡Por
todos los dioses! Disfruta de tu vejez, escribe, lee a los clásicos griegos a
los que tanto adoras. Enriquece aún más tu sabio legado a la posteridad…—Tirón
bajó el tono de voz hasta un susurro—. Quiero seguir disfrutando de tu amistad,
mi viejo amigo, durante todos los años que nos dejen los dioses.
—No puedo desaparecer,
Tirón —suspiró—, mi dignidad me lo impide. Tampoco puedo dar la razón a
Antonio, mis principios son más firmes que mi prudencia. Así que sólo me queda
enfrentarme a ese monstruo con el apoyo de aliados poderosos convencidos de su
causa, como es el heredero de César.
Tirón suspiró mirando
resignado a su amigo, al hombre sabio y generoso que le había dado todo en la
vida: sus conocimientos y su libertad. Aun suspiraba cuando entró en la sala
una joven y bella esclava doméstica, que vestía una túnica de gasas traslúcidas,
como gustaba observar a sus esclavas el viejo senador, el único placer que se
permitía a su longeva edad. La joven dejó en la mesita una bandeja con una
jarra de vino y un cuenco con sabrosas olivas rociadas de garum, exquisiteces traídas de las cálidas tierras hispanas. Los
dos amigos contemplaron la bonita silueta de la bella esclava, mientras ésta
escanciaba vino en sus copas de cristal. Ambos —distraídas sus miradas por
aquella silueta femenina— sonreían.
Tiempo después, unos
sicarios a sueldo de Marco Antonio asesinaron a Cicerón, cuya cabeza y mano
derecha se expusieron en la rostra del
Foro (púlpito desde donde pensadores y políticos daban discursos al pueblo,
tantas veces dignificado por el gran orador).

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